jueves, 22 de septiembre de 2011

Recuerdos del verano

¡Cómo olvidarme de Pedro! Pedro es una persona especial. Es difícil precisar su edad. Probablemente pase ya de los cuarenta. Es un gigantón con alma de niño. Grande, con el pelo entrecano y la sonrisa siempre en los labios. No sé si vive habitualmente en el pueblo o, simplemente, pasa allí los veranos con su familia. Está muy curtido, de pasar muchas horas en la playa. Cada día aparece con un ramito de jazmines que va regalando, florecita a florecita, a todas las señoras que encuentra. Es una gentileza de Pedro. Va pasando por todos los grupos que están dentro del agua, con su sonrisa a cuestas. Si le preguntan, sigue sonriendo porque su lenguaje es casi nulo, hace como si escribiera con el dedo en la palma de la mano. Todo el mundo lo conoce y todos le saludan. Su padre lo vigila, a corta distancia, pero es un cuidado innecesario, porque no causa ningún problema. Como no sabe nadar, no se interna mucho en el mar, sólo se baña donde no le cubre el agua.

Y así van pasando los días y los años para él. Y cada verano lo volveremos a encontrar por la playa.

Por las mañanas, muy temprano, aparece un grupo de gimnasia, primero en tierra y después dentro del agua. Lo mismo se acercan al grupo hombres y mujeres de distintas edades, para hacer los ejercicios, cada cual según sus posibilidades. Algunos días veíamos también a un grupo que practicaba taichí. Todos con una monitora. Hay para todos los gustos.

Al lado de la playa existe una Escuela de Vela que acoge, en el verano a grupos de muchachos y muchachas de distintas edades que, aprovechando las vacaciones, pasan unos días en contacto con la naturaleza, a la vez que se inician en la práctica de los deportes en el mar.

Los mayores, salían por grupos en veleros, muy bien pertrechados. Seguramente ya habían hecho otros cursos y tenían alguna experiencia práctica. Todos los días aparecían a la misma hora acompañados de sus monitores.
Otros grupos de niños más pequeños hacen sus primeros pinitos sobre una tabla e intentan, entre carcajadas de los compañeros, mantener el equilibrio o, en una barca, aprenden a manejar los remos y controlarla. Los monitores vigilan para que no haya que lamentar ningún accidente.

Por la noche, después de cenar, dábamos largos paseos, buscando el frescor de los parques o del Paseo Marítimo. Es una delicia, al pasar cerca de algunos jardines, aspirar el aroma dulzón del jazmín pero, sobre todo, el suave perfume de "la dama de noche" que anuncia su presencia desde lejos.

Otros días el paseo se dirigía hacia los mercadillos nocturnos. Es muy entretenido el espectáculo de estos mercados al aire libre. Allí se vende cualquier cosa: ropa, calzado, bisutería, bolsos, discos... Hay muchos curiosos pululando alrededor de los puestos. Algunos compran, los más miran. Pero se pasa un buen rato observando el ir y venir de la gente ociosa. ¡Tienen tantas horas los días de vacaciones...!

viernes, 16 de septiembre de 2011

En el aire



Aquel día amaneció con un vientecillo fresco de Levante. No era un buen día para disfrutar del baño pero ofrecía las condiciones ideales para hacer volar las cometas.


Muy temprano -como temiendo que aquel viento fuera a desaparecer de un momento a otro- empezaron a verse volando por el azul del cielo, barridas las nubes,un sin fin de cometas de todos los tamaños, formas y colores. Se advertía la destreza de sus dueños, normalmente los padres de los niños que alegres las contemplaban.


Enseguida empezó a destacarse una de llamativos colores: rojo, azul y blanco, como la bandera francesa, con una larguísima cola. Comenzó a ascender alegremente, sobresaliendo por encima de las otras cometas que no podían alcanzarla. Subía, subía, se balanceaba en el aire con graciosas contorsiones... Siguió ascendiendo, subiendo cada vez más alto, hasta que dejamos de verla. Y ya libre de ataduras se perdió en el ancho cielo, seguramente iría a reunirse con otras cometas, que siguieron la misma suerte, y los globos que se les sueltan a los niños, allí en un país fantástico, de ensueño, donde sólo reina la libertad.



Otra mañana, esta vez con el viento en calma, pudimos disfrutar de un magnífico espectáculo: el lanzamiento de paracaidistas sobre las tranquilas aguas del Mar Menor.


Un avión sobrevolaba en círculos, por encima de nuestras cabezas, hasta que encontraba el lugar adecuado para el lanzamiento de su carga e iba soltando al espacio uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, hasta siete paracaidistas. Los veíamos descender, uno a uno, hasta que se iban abriendo los paracaídas y bajaban más lentamente hasta tocar el agua. Allí eran recogidos por un barco. Así toda la mañana, llegaba un avión, luego otro, y otro... soltaban su carga y volvían a la cercana base de San Javier.


Pasamos unas horas mirando al cielo, contemplando la pericia de los participantes en dichas maniobras y, una mañana de playa, a veces insulsa, se convirtió en un entretenimiento para los ociosos veraneantes.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Requiem por un sauce llorón

Cuando construyeron la Urbanización plantaron árboles en las calles, especialmente palmeras, pero en la esquina de la Avenida, los vecinos colocaron un sauce. Ello daba mayor atractivo a la zona.

El pequeño sauce era mimado por todos. Todos le vieron crecer. Unos se encargaban de regarlo, otros de podarle las ramas innecesarias. Así, con mucho cariño, se hizo un gran árbol adulto, con unas hermosas y lánguidas ramas que llegaban hasta el suelo. Era muy decorativo pero, además, cumplía una función muy importante en una zona con un clima tan caluroso: daba sombra. Al mediodía, al regreso de la playa, era una bendición hacer un alto y refugiarse bajo sus ramas. ¡Qué alivio, llegar al sauce y descansar un poco a la sombra!.

Pues bien, llegó un momento en que el pobre árbol empezó a molestar a los vecinos más próximos, por el terrible delito de desprendérsele algunas hojas que el viento arrastraba hasta sus puertas. Les molestaba tener que recogerlas diariamente. Así empezó una conspiración en contra del indefenso sauce. Se avisó al Ayuntamiento y, con no sé qué excusa le hicieron una poda drástica, quedando únicamente el tronco privado de todas sus ramas. Cuando llegó la primavera intentó defenderse y, con un hálito de vida, le brotaron unas ramitas. Esto incomodó a los furiosos vecinos que buscaron otros modos de deshacerse del infortunado árbol. Así recurrieron a aplicarle métodos aún más letales. Le echaron lejía y otros productos con el fin de matar las raíces, hasta que lo consiguieron.

En el verano, nos encontramos en el lugar donde antes estuvo un hermoso sauce llorón, como testimonio de la barbarie, un tronco seco que alguien apodó como "el árbol del ahorcado".
¡Qué triste!. Ya no había sombra, sólo un monumento a la intransigencia y a la falta de civismo. Este funesto final les aguarda a otros muchos árboles, que crecen demasiado y no son del agrado de los vecinos.

Quien haya plantado un árbol y lo haya cuidado y visto crecer, sabe lo que cuesta hasta que lo vemos grande, desarrollado. Y después... en un momento toda esa vida desaparece. No estamos en España tan sobrados de árboles para permitirnos el lujo de aniquilarlos sólo porque nos producen una pequeña molestia como es la de recoger sus hojas cuando estas caen.

Más, teniendo en cuenta la cantidad de incendios que, durante todos los veranos, se producen en nuestra geografía; unos accidentalmente,y otros por imprudencias o mala fe. Lo cierto es que cada año se pierde buena parte de la masa forestal con el consiguiente perjuicio para todos, pues sabido es que los árboles regulan el clima y la lluvia.

martes, 6 de septiembre de 2011

Impresiones del veraneo

Después de todo un año, volver al mar, es una alegría. El primer baño constituye todo un acontecimiento por lo esperado. A las 9 de la mañana ya hay muchos madrugadores dentro del agua. Un paseíto, recorriendo la playa, orillita del agua, como ejercicio preparatorio y luego...¡al agua!. El mar está tranquilo, como un fino espejo, la playa, limpia. Todavía no ha acudido la avalancha de veraneantes que dejan el lugar como si hubiera pasado una horda de vándalos.

El agua está deliciosa. En el Mar Menor no hay oleaje -como una gigantesca piscina- y la temperatura es muy agradable. Da la impresión de sumergirse en una bañera con el agua templadita. Por eso en estas playas hay muchas personas mayores, con problemas óseos. Tampoco hay peligro de ahogamiento ya que hay que hay que desplazarse mucho mar adentro hasta encontrar una profundidad que pueda ser peligrosa.

En las primeras horas del día está despejado el terreno y se puede nadar a gusto sin miedo a tropezarse con el vecino. Es un goce inenarrable zambullirse en esas aguas tan cristalinas, antes de que hayan sido removidas por la extraordinaria afluencia de bañistas. Hasta bien entrada la noche podemos encontrar veraneantes nocturnos que encuentran placer bañándose a la luz de la luna o de las farolas del paseo marítimo.

A los pocos días empezaron a aparecer las medusas. Por referencias supimos que alguna moto acuática había roto las redes de contención y, por los boquetes penetraron infinidad de medusas de todos los tamaños, unas pequeñitas como una moneda y otras enormes, como boinas flotantes. Daban la sensación de platillos volantes, con un disco de color marrón y otra parte a modo de paraguas rodeada de tentáculos de color violeta y unos gránulos del mismo color. Nunca había visto tantas y, al principio me inspiraban cierto respeto. Los jóvenes y los niños se dedicaban a cogerlas en cubos, que vaciaban en las papeleras. No debían constituir ningún peligro pues hasta los más pequeños las cogían con las manos; llegó a constituir una atracción más de la playa. No obstante no resultaba agradable el contacto y más cuando fuera del agua se convertían en una masa gelatinosa, viscosa y repugnante. También he tenido ocasión de contemplar las medusas verdaderamente peligrosas: son de color blanco, con un reborde de color azul. Creo que podré reconocerlas si alguna vez tengo la desgracia de encontrarlas, para poder huir de su contacto.

También, por algunos lugares, cerca de la orilla, se veían babosas o limacos de mar que, al menor contacto, se enroscaban. Había quien los pisaba, soltando un líquido de color morado. Siempre se encuentra a alguien que defiende a estos pobres seres argumentando que somos las personas quienes invadimos su territorio. Y tienen razón. Todos los días aparecían por la orilla, fuera del agua anguilas, de un tamaño mediano,que los pescadores sacaban del mar, abandonándolas después, hasta que acababan putrefactas en la arena. En otra playa cercana abundaban los cangrejos ermitaños y, entre la arena, berberechos pero de tamaño tan reducido que luego, en casa, pensando en un festín, quedaban reducidos a simples bichitos con poco que llevarse a la boca.

Cuando el calor aprieta y la playa se llena de gente, lo mejor es coger todos los bártulos y camino de casa a la sombrita que es donde mejor se está en las horas centrales del día. Al volver nos encontrábamos con los que aprovechan precisamente esas horas para acudir a bañarse. Muchos con niños pequeños. Aunque también, en honor a la verdad, este verano muchos niños pequeños y, no tan pequeños iban protegidos con un traje elástico, con mangas y perneras, parecido al que llevan los ciclistas, que usaban incluso dentro del agua. Va llegando la cordura a algunos padres. Algunos eran extranjeros, pero afortunamente también los utilizaban niños españoles.

lunes, 22 de agosto de 2011

La Casa de los Misterios

La Urbanización, donde he veraneado, estaba compuesta por una serie de bungalows, casitas de una planta con un pequeño jardín a la entrada. A través de los años se ha ido modificando su aspecto y de aquellas casitas blancas, todas iguales, apenas quedan algunas muestras. Los propietarios han ido transformándolas progresivamente, convirtiendo el jardincito en un porche, muchas veces acristalado, totalmente cerrado, y, construyendo encima de la edificación una nueva planta; cada cual la ha pintado asu gusto, de distintos colores, por lo que ha perdido toda la armonía del conjunto. Desastres urbanísticos consentidos por el Ayuntamiento de turno.

Estas casitas fueron compradas, en su tiempo, por matrimonios de jubilados o a punto de jubilarse. También adquirieron aquí como segunda vivienda muchas familias de extranjeros, principalmente alemanes e ingleses y algunos franceses. En general, hay buena armonía. Los alemanes son muy correctos y amables; cada vez que pasan saludan, lo mismo los padres que los niños con un ¡hola! muy gracioso. Probablemente es la única palabra que conocen de nuestro idioma. Intentan integrarse. ¡Son encantadores!.

No puede decirse lo mismo de otros grupos humanos, especialmente los ingleses que aunque te pisen no tienen la amabilidad de una disculpa y son incapaces de un saludo.
En la calle hay varias viviendas vacías porque precisamente están ocupadas durante el invierno cuando sus moradores acuden huyendo del frío de sus países de origen. En el verano vuelven a su tierra en busca de un clima más fresco que el del Mar Menor.

Una de las viviendas limítrofes si estaba habitada por no sabemos quién. Allí entraban y salían distintos individuos, todos llegaban en coches impresionantes. Sólo veíamos a una chica joven, rubia, muy guapa, de lacia melena, alta y delgada. Siempre la vimos con la misma ropa: un vestido mini, blanco, de punto calado por lo que se le transparentaba un bikini negro debajo, siempre el mismo, también. Nunca salía sola, ni iba a la playa ni de compras, en fin algo que nos parecía un poco raro.
Un día pudimos oír una discusión acalorada y llantos de la joven. Cuando después salieron llevaba unas enormes gafas de sol y un gesto de amargura que hasta nos hizo pensar que pudiera estar secuestrada. El dueño se presentaba, a veces, con un camión de matrícula inglesa, con materiales de construcción, pero nunca lo vimos con ropas de trabajo. En fin, algo muy extraño.
De repente, un buen día desaparecieron todos de la casa, quedando ésta completamente vacía y, todos los vecinos con aficiones detectivescas nos quedamos sin saber qué se cocía en la vivienda contigua. Todos habíamos podido observar a diario el movimiento de entradas y salidas que nos parecían un tanto sospechosas, intrigándonos el extraño proceder de sus moradores.

Por eso, sin previo acuerdo, desde entonces todos los vecinos dimos en llamarla La Casa de los Misterios.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Las fiestas de antaño

Después de vivir este año las fiestas patronales del pueblo, desearía hacer un recordatorio de cómo las celebrábamos en los ya lejanos días de mi infancia. Tienen pocas similitudes, aunque en ambas sea común el ambiente de alegría y contento que se respira y es propio en tales fechas.

Entonces, cuando Las Candelas se celebraba el día 2 y San Blas el 3 de febrero, ya la climatología era distinta. Todos teníamos que ir con abrigo y arrebujados en bufandas.

El ambiente festivo comenzaba cuando se hacían los mantecados. Ese día se encendían los hornos de leña que quedaban en el pueblo y las cocinas "económicas". Se reunían varias familias en cada uno para así mejor aprovechar el fuego. Las mujeres todas, conocían la receta a la perfección porque siempre era la misma y pasaba de madres a hijas, así como los moldes, en forma de corazón, estrella, rombo, círculo, etc. Se hacían cantidades desorbitadas, pues después de comer esos días de fiesta todos los que apeteciera y más, solían sobrar buenas cantidades para el resto del invierno. Mi madre los guardaba debajo de la cama en una cesta con tapa que todavía recuerdo. Los mantecados se acompañaban con una copita de anís o un vinillo dulce de Cosuenda.

Como era pleno invierno y las calles estaban sin pavimentar se formaba un barrizal que los hombres se encargaban de limpiar -cada uno el tramo correspondiente a su casa- para que pudiese pasar la procesión y los mozos danzar, sin mayores problemas.

Había que adecentar las casas. Se hacía limpieza general y se sacaban de las arcas y baúles los estores y las colchas nuevas -muy brillantes- para recibir a los invitados que nunca faltaban.

El día anterior tenían que matar los pollos y conejos para tener comida abundante. Aunque no existían los frigoríficos, en febrero no había peligro de que se estropease la carne. También se echaba mano del lechazo, eso en la tienda, que aunque estaba caro... "un día es un día" y San Blas sólo se celebra una vez al año. La paella y el asado eran platos obligados.

La víspera, por la tarde, los quintos iban con un carro hasta la estación de Roa en busca de los músicos o "dulzaineros", como todos los llamábamos. Casi siempre, los de Pesquera, ya conocidos y además tocaban bien. Cada uno de los quintos se llevaba uno a su casa y allí permanecía de huésped los tres días que duraban las fiestas.
Ya de noche daban la vuelta al pueblo pasando por las casas de las Autoridades, tocando, a modo de saludo. Se les invitaba a tomar un mantecado y la copita correspondiente.
Los días de las fiestas estaban dedicados en pleno al pueblo, amenizando la Misa y en la procesión con la dulzaina, mientras los mozos, con sus pañuelos de colores al cuello, danzaban delante de las imágenes. Gracias a algunas personas se ha conservado hasta hoy la tradicional danza de La Culebra, aunque ahora intervienen muchachas que entonces habría sido impensable. Había suficientes mozos para danzar; se pasaban el invierno ensayando, creo recordar que lo hacían en las bodegas.
Antes de comer también había música y después de la comida en el café. Por la tarde, hasta la cena, en la plaza, si acompañaba el tiempo, encima de un carro, a modo de tablado, allí se subían con todos los instrumentos. Después de cenar, en el salón del Ayuntamiento o en el de Tolín. ¡Se ganaban bien el jornal aquellos músicos!
Por la mañana temprano recorrían las calles tocando delante de la casa de todos los vecinos y de las mozas. Todos tenían que contribuir económicamente, según su voluntad, para costear la música.

Al baile acudía la juventud de todos los pueblos de alrededor: Anguix, Quintana, Pedrosa, Villaescusa,etc. Estaba muy animado y siempre salía algún noviazgo.

Para los niños no había muchas cosas especiales, sólo los carameleros y Macario con sus almendras garrapiñadas. Procurábamos guardar algunas "perrillas"que nos daban en el reparto del " mondongo" y las que podíamos sacar de los abuelos y tíos. Había unos caramelos como cachavas, muy grandes, que valdrían, creo yo, 0,50 ó una peseta. Con uno de aquellos teníamos para todas las fiestas.
Lo pasábamos bien acompañando a la música, bailando en la plaza, viendo los juegos de cartas y dados de Macario que, rápidamente, escondía cuando aparecía de improviso la pareja de la Guardia Civil.

Y así, de esta forma, sin grandes alardes, con pocos gastos, se pasaban esas fiestas que eran tan esperadas por todos. Y cuando terminaban, pues a esperar que llegaran las del año siguiente.

martes, 5 de julio de 2011

Las Fundaciones de Santa Teresa

Santa Teresa nace en Ávila el 28 de marzo de 1515. Sus padres son Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz Dávila y Ahumada. Muere el 4 de octubre de 1582, en Alba de Tormes.
Ingresa en el convento de La Encarnación de Ávila y allí pasa gran parte de su vida. Descontenta de la relajación de la Regla, mitigada por el Papa en 1432, decidió renovar la Orden para volver a la austeridad, la pobreza y clausura, bases del espíritu carmelitano. Encuentra mucha oposición, pero su fe en la Providencia hace que en los momentos más difíciles, encuentre siempre quien ponga remedio, pudiendo llevarse a cabo la gran obra.
Así acierta a pasar por Ávila el Padre General, quien le concede licencia para fundar monasterios de la Regla primitiva, en abril de 1567. También tiene apoyos del Obispo, que más tarde pasará a regir la diócesis de Palencia.

El primer monasterio que funda es el de San José de Ávila, en 1562. Esta fundación no aparece en el libro de Las Fundaciones que empieza a escribir en 1573, a instancias del jesuita P. Ripalda y que concluye con la fundación del monasterio de San José y Santa Ana, en Burgos, poco antes de su muerte, en 1582.

Muchos de estos monasterios están puestos bajo la advocación de San José, de quien la santa era muy devota. El año de 1539, estando gravemente enferma, dada por muerta, fue curada milagrosamente, precisamente el día de la festividad de este santo.

En 1567, funda en Medina del Campo el monasterio de San José. En el libro describe todos los pormenores de esta fundación, los trabajos que le cuesta y cómo se van resolviendo gracias a la ayuda de personas importantes, que en cualquier lugar encuentra. Y sobre todo a la Divina Providencia, que nunca la abandona. Así, siempre llegan al lugar "sin blanca", pero aunque sea pasando muchas penalidades, deja a las monjas razonablemente instaladas. Normalmente suele alquilar una casa en la que instalan el Santísimo y se dice la primera Misa. Después, una vez que se han solucionado los primeros problemas, intenta comprar una casa que acomode. Quiere fundar monasterios de pobreza, sin renta, allí donde es posible que las monjas puedan vivir de limosnas. Esto no siempre es posible, ya que en los poblados pequeños y pobres el Concejo no autoriza porque va a ser gravoso para el Municipio. Ahí no queda otra solución que fundarlo de renta.

Después de Medina del Campo funda en Malagón (Toledo) el monasterio de San José, gracias a su amiga Dª Luisa de la Cerda, que cede una casa.
De allí pasa a fundar en Valladolid el monasterio de la Concepción de Nuestra Señora del Carmen.
Por estas fechas muere Beatriz Óñez, en olor de santidad y le dedica un capítulo a la vida y muerte ejemplar, dentro de la Regla, para edificación espiritual de las hermanas carmelitas.

En 1568, comienza la Reforma de los frailes Descalzos con San Juan de la Cruz y algún otro que tenían las mismas inquietudes de Teresa.

En Toledo tiene lugar otra fundación, el monasterio de San José.
En 1569, funda en Pastrana de monjas y de frailes, con la ayuda de la Princesa de Éboli. Cuando esta dama queda viuda, entra al convento, pero sin vocación. Se lleva allí a sus doncellas e intenta llevar la vida que llevaba fuera alterando el espíritu del monasterio, de pobreza, clausura y obediencia. Por todo esto las monjas abandonan el monasterio, aunque pasado un tiempo volverán.

Continúa la fundación de San josé en Salamanca y después, en 1571 La Anunciación de Alba de Tormes, a ruegos de Teresa de Laiz, quien no teniendo hijos y después de muchas oraciones tuvo una visión en la que se le anunciaba que eran otros los hijos que se le concederían. Así compraron la casa que había visto en sus sueños, cediéndola para que se instalasen allí las monjas, la misma en la que murió la Fundadora y en la que reposa su cuerpo.

En 1572 estalla la discordia entre los frailes Calzados y los Descalzos, siendo presos o desterrados los más influyentes de los Reformados. Santa Teresa tiene que pasar unos años sin salir del convento y sin poder fundar, hasta 1574 en que, ya calmados los ánimos, vuelve con más ímpetu, en Segovia con el de San José del Carmen.
En 1575, en Beas de Segura (Jaén), San José del Salvador.
En 1575, en Sevilla, con la ayuda de su hermano, que regresa de las Indias,funda San José del Carmen.
En Caravaca, en 1576 el de San José. Después en Villanueva de la Jara. En 1580, Nuestra Señora de la Calle, en Palencia. En 1581, en Soria, el de la Santísima Trinidad, terminando con el de San Jo y Santa Ana, en Burgos, en 1582.

La nueva Regla es muy austera; dormían en jergón y, a veces, sobre paja en el suelo; ayunaban, se abstenían de comer carne; vestían ropas de sayal y calzaban sandalias o alpargatas.
Hacían los viajes en carros por aquellos caminos, polvorientos o embarrados, con sol abrasador, con lluvia, con vientos, con nieve, parando en posadas y a veces bajo un puente. Santa Teresa siempre estuvo delicada de salud y muchas veces tenía calenturas pero Dios le daba fuerzas y la salud cuando era necesaria para los fines que se proponía.

En todos sus escritos, Teresa transmite con espontaneidad su experiencia personal, veinte años de sequedad de espíritu. Pero, a partir de los 41 años tiene experiencias místicas, que son consideradas como obra del demonio. La Inquisición la tiene siempre en el punto de mira.
La experiencia transmitida por la Santa se basa en la oración como medio de relacionarse con Dios y sentir su unión.
Los distintos grados de la oración los compara con el agua que sale de un pozo y hay que acarrearla con cubos, riego mediante una noria, riego a través de una acequia y riego mediante la lluvia que viene del cielo, es el último grado en el que el alma alcanza la plena unión con Dios.
"Vida es vivir de forma que no se tema la muerte ni todos los sucesos de la vida y estar con esta ordinaria alegría que ahora todas traéis..."
El libro de Las Fundaciones lo escribe con fines didácticos para las prioras y las monjas y a ellas va destinado para que comprendan la Obra, que ha sido voluntad de Dios, ella se considera sólo un instrumento. Les ruega pidan en sus oraciones por todos los benefactores que Dios ha puesto en su camino para ayudarla en todos los trabajos. Termina siempre los capítulos con una oración.